Chicos depresivos… madres preocupadas

Compartimos con nuestros amables lectores la siguiente inquietud:

“Tengo un hijo de 14 años que tiene depresión y bajo rendimiento escolar. ¿Qué puedo hacer para ayudarlo?” Irene (nombre protegido).

Hola, Irene… Gracias por escribir…

 ¿Cómo has podido detectar la “depresión” en tu hijo de 14 años?

¿Lo ves retraído?

¿Triste?

¿Se aísla?

¿Cómo era antes de la “depresión”?

¿Tenía mejores notas escolares?

 En cuanto a ti, estimada Irene,

 ¿Qué papel desempeñas en la vida de tu hijo?

¿Compartes tu tiempo con él?

¿Salen a pasear juntos?

¿Conoces a sus amigos y amigas?

¿Cuánto te involucras o no en su vida?

¿Estás pendiente de él?

 Estos son algunos de los interrogantes que te planteo y que deberías en lo posible tratar de responderlas porque noto tu sincera preocupación por ayudar a tu hijo de 14 años que está en plena etapa de la adolescencia. Esta edad es una de las más difíciles y complicadas en la que los varones debemos, con la ayuda de nuestro entorno (padres, familia, amigos, compañeros, etc.), definir nuestro carácter, nuestras tendencias, nuestros afectos con el sexo opuesto, nuestra propia vida. Es una edad en la que nosotros como padres debemos estar más al pendiente de esos comportamientos extraños. Digo “extraños” por que no es como nos acostumbramos a ver a nuestros hijos a medida que iban creciendo. Eran más dóciles, tiernos, obedientes, humildes.

 Tener un adolescente en casa es muy diferente de tener a un niño de cinco años o incluso de diez. La adolescencia conlleva sus propios problemas, pero también puede producir alegrías y beneficios. Para algunos la adolescencia es un periodo turbulento. Los adolescentes experimentan altibajos emocionales. Tanto los muchachos como las muchachas quieren un mayor grado de independencia, y les molestan las limitaciones que les imponen sus progenitores. Pero los jóvenes aun carecen de experiencia y necesitan del amor y la ayuda paciente de sus padres. La adolescencia puede ser una etapa apasionante, aunque también puede ocasionar confusión, tanto en los padres como en los hijos.

 A medida que van creciendo y van teniendo contacto con otros entornos (escuela, colegio, amigos, amigas, compañeros de estudio) vamos notando en ellos otros tipos de comportamientos. De pronto (y nos ha pasado) los vemos más agresivos, huraños, esquivos. Ese comportamiento obedece a una sola cuestión que como padre la he vivido en carne propia: siempre estamos cuestionando a nuestros hijos por lo que hicieron o dijeron… no les damos la chance de expresar sus sentimientos. ¿Alguna vez tu hijo ha tratado de decirte algo “en confianza” y sacaste a relucir la “espada de la crítica”? La próxima vez que tu hijo desee contarte algo delicado que le ataña, lo pensará dos, tres, cuatro y tantas veces sean necesarias. Perdemos la oportunidad de llegar al corazón de nuestros hijos. Pero, ellos buscarán la manera de contar sus alegrías, tristezas, sueños, ambiciones a otras personas que no somos nosotros y allí sí que la situación se complica, ¿por qué? Porque siempre recibirán una respuesta distorsionada, falsa y que le alumbre falsas expectativas.

 Tratar de ser “amigos” de nuestros hijos es un error en el que frecuentemente caemos como padres y madres. Nuestros hijos no tienen bien interiorizado ese concepto. Llegan momentos en que nuestros hijos (viéndonos como sus “amigos”) no demorarán en alzarnos la voz, desobedecer nuestras órdenes incluso delante de otras personas o en público. Mientras más dejamos avanzar este tema, más lejos estaremos de tener una convivencia armónica dentro de la familia. Nuestros hijos deben vernos como lo que somos: Sus padres, a quienes deben respeto, honra y obediencia en todo momento de sus vidas. Ellos deben entender que siempre estaremos allí velando por su bienestar físico, emocional y espiritual.

 Los chicos pasan menos tiempo en casa y más con sus pares y otros compañeros. Si no hay comunicación honrada y franca entre padres e hijos, el adolescente puede convertirse en un extraño en casa. Permíteme compartir un extracto de la canción “No basta”, de Franco De Vita, “No Basta/ traerlos al mundo porque es obligatorio/porque son la base del matrimonio/o porque te equivocaste en la cuenta/no basta con llevarlos a la escuela a que aprendan/porque la vida cada vez es mas dura/ ser lo que tu padre no pudo ser/ no basta que de afecto tu le has dado bien poco/todo por culpa del maldito trabajo y del tiempo/no basta/ porque cuando quiso hablar de un problema/ tú le dijiste niño será mañana es muy tarde, estoy cansado”

 Para que haya comunicación franca, los padres debemos esforzarnos por estar libres para nuestros hijos cuando éstos tengan la necesidad de hablar con nosotros. Debemos asegurarnos que las vías de comunicación estén abiertas; es decir, cuando el adolescente piense que es tiempo de hablar, posiblemente sea tiempo de callar para el padre. A lo mejor habíamos apartado tiempo para estudiar, descansar o realizar trabajos en casa. Si nuestro hijo quiere hablar con nosotros es mejor que cambiemos nuestros planes y lo escuchemos. De otro modo es posible que no vuelva a intentarlo.

 No debemos forzar a nuestros hijos a que hablen con nosotros… Debemos crear el ambiente propicio para ello. Muchas veces surte efecto el interesarnos por sus cosas… invitarlos a pasear, comer juntos… Con mi hijo adolescente sucede algo que me ha dejado impactado: No existe mayor felicidad para él que nos sentemos juntos para ver una película (completa), aunque no nos digamos ni una sola palabra. Reímos, nos divertimos… ¿Porqué no lo intentas? ¿Por qué no compartes con él algo que le apasione hacer juntos? ¿Qué tal preparar algún dulce o alguna comida?

 ¿Besaste hoy a tu hijo?

¿Le dijiste lo mucho que lo amas y lo que él representa para ti?

¿Le preparaste su comida favorita?

¿Lo felicitaste por alguna buena acción?

 ¿Por qué no das ese primer paso? Hazle sentir tu amor en todo momento y verás cómo poco a poco él va reconociendo en ti tus cualidades y virtudes y va empezando a recuperar la confianza perdida. “Tengo un hijo de 14 años que tiene depresión”. Te confieso: me asustó ese primer diagnóstico de una madre preocupada.  “Depresión” es solo una palabra. Da ese primer paso… esa “depresión” es a lo mejor el “síntoma” que el chico hace aflorar para pedirte el abrazo, la caricia, el beso, la palabra de aliento, la ternura y el amor que tanto necesita y que no lo hace verbalmente por miedo o temor a… (no sé)… tú tienes la palabra, Irene.

 Un fuerte abrazo a ti y a tu hijo.

 Atentamente,

 Ángel Juez
Loma Vista 2680
www.angeljuez.wordpress.com

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